miércoles, 16 de noviembre de 2011

Álbum de esquelas con los nombres en blanco

Pasan los días mientras el otoño va adentrando lluvias camino del frío. Las noches se alargan, los días se acortan, el pavimento mojado refleja luces amarillas, tristes. Los periodistas viejos, añejos, antiguos, siguen escribiendo en los periódicos y hablando por la radio. Nadie dice saber nada, nadie quiere saberlo, más bien. Italia ha caído. La tercera economía de Europa se tambalea. A Berlusconi le han dado un pasaporte con una maleta de picnic menguada para que se vaya de una vez. Se conoce que los italianos pensaron que el problema era la falta de confianza en Berlusconi cuando el problema es de falta de confianza en una nación que vota a Berlusconi lo bastante como para mantenerlo en el poder diecisiete años, con un programa y un hacer político que bien pudiera salir en su telecinco con un coro de mamachichos en una apoteosis de progesterona y testosterona. Poco más. Han puesto a un tecnócrata al frente del Gobierno. Se conoce que estaba en la Comisión Europea: toda una garantía en el imaginario de no sé quiénes. Lo cierto es que Italia se endeuda cada día más porque no tiene para llegar a fin de mes. Como cada día se endeuda más, cada día tiene menos crédito y más caro. Eso le pasa a las familias y a las empresas. Eso le pasa a cualquiera que se financia con medios ajenos. Francia ha empezado a contagiarse. Un frío ha recorrido las conciencias de los buenos y de los malos. España no se ha contagiado: se contagió desde el principio.

Seguimos como al principio: creyendo que la crisis es coyuntural, una cosa de hipotecas subprime y no sé qué. Seguimos pensando que saldremos de la crisis y por eso podremos pagar la deuda. Precisamente por eso, se modula en función del producto interior bruto. Seguimos pensando... Hace falta volver a la senda del crecimiento, dicen en su campaña electoral los candidatos de aquí. En su campaña electoral porque no es de nadie más que de ellos mismos. Han conseguido un mercado cerrado para sus envidias como los poetas: son los únicos que escriben y los únicos que leen poesía. Se escriben entre ellos y para ellos, como los candidatos se enzarzan en batallitas intelectivas entre ellos y para ellos. El público no es el respetable fuera de los toros: está claro. Todos los candidatos hablan de un futuro crecimiento y de reparto de la riqueza futura. Nadie habla del frío de este invierno que nos espera cuando el otoño termine su maniobra de aproximación. Ya se ha dicho en este blog: el crecimiento económico se ha ido a otras regiones del mundo para no volver a Europa y Estados Unidos en décadas. Se ha ido porque hemos antepuesto el interés personal al general y porque hemos santificado la ambición en vez de santificar la responsabilidad social. Un ministro andaba charlando en una gasolinera mientras un yerno vendía estudios a precio de oro. La prensa maneja sus portadas cargando la suerte a un escándalo u otro. La prensa ayuda a sus candidatos manejando la información con pretendida prudencia, o sea: con sesgos de manipulación.

Empezaron hace años. Como los masones del diecinueve, quisieron construir la sociedad toda llena de sus valores, todo hecho obediencia a un comportamiento ideal de lo políticamente correcto: la izquierda lo hizo y la derecha no lo deshizo. La izquierda lo sigue haciendo y la derecha sigue sin deshacerlo ni tiene la menor intención de deshacerlo en un futuro. Se construye una sociedad en torno a unos valores que nacen obligatorios. La contravención es pecado. Es sancionable hacer una manifestación que alguien pueda pensar que es machista o que no respeta la homosexualidad hasta el acatamiento, o hacer una fotografía promocional con un actor y una actriz en motocicleta y sin casco. Como no puede ser delito pensar, y sí puede ser pecado, hay que elevarlo a la categoría de infracción administrativa punible, al menos. La libertad individual y la justicia social no les interesa a nadie. No está en los mandamientos de la nueva religión: una religión sin Dios e, inevitablemente, sin misericordia.

La miseria que nos espera o, por mejor decir, la miseria hacia la que nos encaminamos por la inercia de nuestro propio impulso, es muy grave: es un álbum de esquelas con los nombres en blanco. Pero eso no es lo peor: Lo peor es la falta de misericordia.

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